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Ella es Arte; Pintar sin pedir permiso - Por Antonio Sánchez

Bajo la firma «Ella es Arte», una pintora convierte el rostro de mujer y la flor en un idioma directo, sin coartadas académicas. Su naíf no es ingenuidad:...

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Bajo la firma «Ella es Arte», una pintora convierte el rostro de mujer y la flor en un idioma directo, sin coartadas académicas. Su naíf no es ingenuidad: es libertad de mirada y una afirmación en toda regla.

Conviene empezar por el nombre, porque ya es una declaración: «Ella es Arte». No el cuadro, no el oficio, sino ella. Quien firma así está reclamando para la mujer, y para su propia mirada no escolarizada, el derecho a constituirse en obra. Esa afirmación recorre toda la colección y le da una coherencia que va por debajo de la aparente variedad de soportes y motivos. Hay retratos, hay flores, hay una retícula de pequeños lienzos, y todo obedece a un mismo impulso: pintar lo que se quiere, como se quiere, sin la mediación de la regla aprendida.

Lo primero que define el conjunto es su factura autodidacta, y aquí conviene precisar para no malentenderla. El dibujo frontal, las proporciones libres, el contorno que organiza la figura sin someterse a la anatomía: nada de esto es torpeza, es decisión. Es el territorio que Jean Dubuffet bautizó como art brut, el arte en bruto de quienes pintan al margen de la academia y precisamente por eso conservan una franqueza que el oficio suele domesticar. La autora trabaja desde esa libertad. Su mano no imita lo que ve; anota lo que siente, y la emoción queda en la superficie sin filtro. El valor de esta pintura está en esa honestidad sin retórica, difícil de fingir y aún más difícil de enseñar.


Por la colección reaparece un mismo rostro de mujer: ojos grandes y oscuros, mejillas redondas encendidas de naranja o rosa, cabello ondulado, una expresión entre la melancolía y la dulzura. Esa figura funciona como un espejo, un autorretrato del alma más que del parecido. En el lienzo magenta, con flores prendidas en el pelo, resuena toda una estirpe de mujeres que hicieron de la flor sobre la cabeza un gesto de afirmación frente al dolor. La filiación más exacta, sin embargo, es otra y más recóndita: la de Aloïse Corbaz, la gran pintora del art brut suizo, que poblaba sus obras de damas de ojos enormes y mejillas de color, criaturas de un mundo interior soberano. La conexión no es de estilo. Es de necesidad: pintar la propia visión porque no hay otro modo de habitarla.

El otro gran motivo es floral, y se despliega en dos temperaturas. Las amapolas de acuarela, jugosas, sangrantes de color sobre fondo turquesa, conviven con rosas dibujadas en tinta gris, casi un sumi-e doméstico, más contenido y atmosférico. Esa recurrencia de la flor, repetida hasta volverse mundo, evoca a Séraphine de Senlis, la criada autodidacta que cubría sus telas de vegetaciones encendidas y obsesivas y a la que el azar rescató del anonimato. En «Ella es Arte» la flor cumple la misma función: no decora, prolifera. Trepa por los vestidos, invade los fondos, ocupa cada hueco. Hay en ello una pulsión de llenar la superficie, de no dejar vacío, que es uno de los rasgos más reconocibles de la pintura nacida de la urgencia interior.

Tampoco hay timidez en la paleta. Azules eléctricos, magentas, turquesas, naranjas que estallan en una mejilla, y al lado una serie en grises y negros con chispazos de rojo, prueba de que la autora también sabe bajar el tono cuando la pieza lo pide. Esa retícula de pequeños lienzos, vista en bloque, revela una práctica acumulativa: muchas piezas que solo cobran sentido pleno reunidas, como un diario pintado donde cada cuadro es una entrada.

Quien se acerca a esta obra, un instante después, advierte la firmeza que la sostiene. Detrás de la aparente sencillez hay una voluntad clara: existir como artista en sus propios términos, sin pedir credenciales. «Ella es Arte» no describe sus cuadros. Los nombra a todos a la vez y, de paso, nombra a su autora. Pintura sin coartadas, hecha desde la libertad y la verdad. Se queda con quien la mira.

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