Hay un momento —raro, silencioso— en el que la vida entra en la sala de edición. No lo hace como argumento ni como material narrativo, sino como tiempo. Entra con sus vacíos, sus resistencias, sus pausas. Y entonces el montaje deja de ser una técnica para convertirse en una decisión ética.
Se está ultimando el montaje de Cordilleras del olvido-Ricardo Casstillo. Un proceso compartido entre España (Producciones 24violets y Silence) y Portugal(María Zimbro), con Filipa Gambino al frente de la edición, Elisa P. Bogalheiro en la producción ejecutiva y la co-escritura junto a Enric Rufas y que además dirige Laura Muñoz. Un montaje que no busca cerrar, sino afinar la escucha. Porque hay películas que no se ordenan: se acompañan. El documental que surgió del descubrimiento de la obra por parte de la documentalista Dori Espinosa, en una exposición que había organizado Pepa Pineda, viuda del pintor, arrastró al equipo hasta este momento.
En estos días, la pregunta no es cómo cortar, sino qué no tocar. Qué plano no debe ser acelerado. Qué silencio no debe ser reducido. Qué gesto mínimo necesita permanecer porque, si se altera, se rompe algo que no se ve, pero que se siente.
Hay cineastas que entendieron esto antes que nadie. Agnès Varda filmaba como quien pide permiso. Su montaje no explicaba al otro ni lo corregía. Le concedía tiempo. En sus películas, las vidas no eran material: eran presencias. Por eso su cine nunca clausura; abre. Deja que los testimonios respiren sin ser instrumentalizados.
Algo parecido ocurre cuando el montaje se enfrenta a lo real sin protección narrativa. Tarkovski hablaba del cine como una forma de esculpir el tiempo. Claire Denis ha insistido siempre en la distancia justa, en no invadir. En todos ellos, el montaje no impone sentido: lo cuida.
Mientras se montaba Cordilleras del olvido, esa ética volvió una y otra vez. No todo puede explicarse. No todo debe cerrarse. Hay vidas —y hay memorias— que solo pueden ser sostenidas si el montaje acepta no dominar el relato. Montar es decidir cuánto tiempo se le concede a una vida para ser vista sin ser usada. Cuánta distancia es respeto y cuánta es abandono. Cuándo intervenir y cuándo retirarse. Esa decisión atraviesa hoy no solo el cine, sino la vida misma.
Quizá por eso el montaje es, ahora más que nunca, es una forma de resistencia. Frente a la prisa, frente a la simplificación, frente al ruido. Montar es elegir no repetir la violencia del mundo dentro de la sala de edición. Cuando la vida entra en la sala de edición, la pregunta no es qué historia se quiere contar, sino qué se está dispuesto a respetar. Y en esa respuesta —silenciosa, precisa— el cine sigue siendo un lugar donde los testimonios pueden recomponerse sin ser corregidos.
Cordilleras del olvido-Ricardo Casstillo está producido por Producciones 24violets, la sevillana Divergente Films, María Zimbro y Producciones 24violets. Dirige Laura Muñoz, con guion de Enric Rufas, Elisa Bogalheiro y la directora cuenta con el respaldo de la Agencia de Industrias Culturales de Andalucía.




